Emblemáticas, pero muy incómodas

By
Claudio Lomnitz
October 19, 2020

Hace unas semanas asistí a una reunión con grupos de buscadoras de familiares de desaparecidos. Cada una de ellas (y de ellos también, aunque son muchas más mujeres que hombres) forma parte de alguna agrupación. Las había en el norte y en el sur, en el Golfo y el Pacífico. La reunión sucedió justo en los días en que la FGR encontró restos de uno de los famosos 43, y con el hallazgo se había anunciado la muerte de la verdad histórica (me refiero a la de la investigación peñista, porque la confianza que mantiene el Estado respecto de su poder de decidir cuál es La verdad histórica sigue intacta).

Tras la reunión, una de las buscadoras mencionó que lo de Ayotzinapa le daba muchísimo coraje. Por una parte, la alegraba que hubieran encontrado restos de uno de los estudiantes, por la paz que eso daría a sus parientes, pero, se quejó, ¿acaso los 43 de Ayotzinapa tendrán siempre que ser los únicos desaparecidos que le importen al gobierno? Siguió: ¿Qué necesitamos hacer para ser consideradas emblemáticas? ¡Somos madres, esposas y hermanas no de 43, sino de más de 73 mil desaparecidos! Llevamos años buscándolos y hemos entregado nuestras vidas para encontrarlos. Remató: ¿Qué necesitamos hacer para ser emblemáticas?

Su pregunta me seguía retumbando cuando empecé a entrevistar a algunas de esas buscadoras, con hijos o esposos secuestrados. Esa compañera me puso a pensar. ¿Por qué los familiares de las centenas de personas que secuestran y desaparecen cada mes en México no han conseguido que su causa sea emblemática, ni para este gobierno ni para los anteriores? No es pregunta que sea fácil de responder.

Como técnica de representación, el emblema, me dice mi amigo filólogo Jesús Rodríguez Velasco, fue un invento de la modernidad, que se popularizó con la publicación de El libro de los emblemas, de Andrea Alciato (1531), y consiste en juntar una imagen a un texto, para con ellos sintetizar un ideal. Así, la paz se representaba con una colmena de abejas y un yelmo vacío. Esa imagen dice que se abandonan las armas (el yelmo vacío), para dedicarse mejor al trabajo y a la industria, bajo el sereno mando de un soberano (las abejas). Lo potente del emblema es la imagen, que coloniza la imaginación.

Pero lo malo del emblema (según desde dónde se le vea, claro) es que se prestan para un uso torcido, porque una misma imagen puede ser un síntoma de varias causas. Así, el yelmo del guerrero podría estar vacío, no porque su dueño lo haya cambiado por el azadón, sino porque murió en combate. El yelmo vacío podría ser señal de la derrota, y no de la mansedumbre de la paz. Y las abejas que rondan el casco vacío podrían también tener todos sus aguijones prestos para picar. También, el león que duerme apaciblemente junto a un ciervo, y que es emblema de los efectos edulcorantes del dulce comercio, quizá en realidad esté así porque se cansó de tanto comer venados. Una imagen puede ser emblemática por razones muy esquivas.

Así, el libro de Fernando Escalante y Julián Canseco, titulado De Iguala a Ayotzinapa. La escena y el crimen, que por cierto merece una amplia lectura, muestra cómo fue que la matanza de Iguala llegó a ser vista como una recreación de la matanza de estudiantes en Tlatelolco, que fue la piedra de toque de toda la narrativa de la transición democrática. Por eso, los desaparecidos de Ayotzinapa son la imagen del estudiante inocente, mientras sus verdugos o captores juegan el papel simbólico del Estado autoritario de siempre. Y es justo por el peso de ese emblema que los gobiernos le han invertido tantos recursos a este caso, mientras descuidan miles de otros: el gobierno peñista quería demostrar que la transición democrática había marcado ya un nunca más frente al 68, y el gobierno de la 4T quiere demostrar que ellos no son iguales a los gobiernos anteriores.

Se puede concluir, entonces, que los desaparecidos de Ayotzinapa se han vuelto emblemáticos precisamente porque no son (supuestamente) como los demás desaparecidos, que usualmente son representados en vez como víctimas del crimen organizado. Las miles de causas de madres y padres, esposos y hermanos que buscan a sus seres queridos no alcanzarían a ser emblemáticas porque la existencia tenaz de las buscadoras es una prueba viva de la persistencia de una realidad que se aleja de los mitos de nuestro Estado. Tanto del de antes como del de ahora. Las buscadoras no desafían a un soberano potente y cruel (como Antígona desafió a Creonte, o como los padres de los 43 desafiaron a Peña). No desafían ni a un ogro filantrópico ni a un ogro autoritario, sino a un Estado desvertebrado, lleno de oficinas regenteadas por ministerios públicos incompetentes, fiscalías indolentes, peritos ineficaces y policiás corrompidos. Además, las buscadoras desafían a un orden oculto, que el gobierno no quiere reconocer, dispuesto por el crimen organizado.

Las buscadoras diariamente le ven la cara al Estado realmente existente. A ese Estado indolente o incompetente, corrompido e insuficiente, y por eso lo que hacen no será nunca recogido por el Estado como emblema que pueda hacer suyo. Es que el drama cotidiano de las buscadoras de desaparecidos refleja al Estado mexicano en un espejo en que no se quiere ver.

Este artículo fue publicado originalmente en La Jornada. Puede leerlo aquí.